Como un animal desvalido que se estrella una y otra vez contra un muro de piedra. Como vivir tras unas ventanas que nunca dejan ver el sol. Como el periplo de un navegante al que los vientos no dejan descansar en la tierra. Como Sísifo, que jamás alcanzará la cima de la colina, haciendo rodar su pesado castigo eterno. Esta sociedad condena a hombres y mujeres a no ser felices, sean cuáles sean sus esfuerzos.
Alexia Pardo nació en un cuerpo masculino, en una cárcel de piel y huesos que la abrazaba hasta ahogarla. Trató de acostumbrarse a su destino y ser feliz allí encerrada, ocultando su verdadera identidad. Y tuvo un hijo, siendo una mujer encarcelada en un hombre. Y quiso a su hijo, porque era su hijo.

Pero Alexia no se rinde. Es valiente y desafía a una sociedad moralista y reaccionaria de semidioses conservadores, saliendo de la cárcel en la que ha vivido siempre. Y como una escultura de Miguel Ángel, que no se crea del mármol, sino que se descubre y libera con el cincel, destapa a la mujer que estaba dentro de aquel cuerpo equivocado y lucha por ser feliz.
Es legal. Es uno de tantos otros y de tantas otras que cambian su sexo, poniendo fin a un error natural que los perturba y los hace infelices.
Pero como los malditos, parece que Alexia Pardo jamás podrá alcanzar la cima de la colina que la libere de tanta tristeza. Y la piedra vuelve a caer hasta el llano. Porque los jueces la castigan sin poder ver a su hijo.
La argumentación jurídica se fundamenta en la inestabilidad que se presupone a un cambio de sexo y en la posible reacción perniciosa que pudiere causar al hijo, ver con esta apariencia a quien, hasta entonces, había sido su padre.
Pero el niño lo sabe y no la juzga, porque no pertenece aún a esa casta de semidioses reaccionarios y no tiene intención de hacerlo. Sólo quiere estar con Alexia y tener una relación paterno-filial natural, de afecto y apoyo. Sin embargo, nadie lo escucha, porque así es más fácil castigar a Alexia, por algo que es completamente legal, y su maldición continúa.
Si yo fuera ese niño, querría ver a mi padre, sea cual sea su apariencia; estar con mi padre y contarle mis pequeñas grandes cosas de niño. Creo que no sería más feliz ni más "normal", viéndolo tres horas, que viéndolo tres días. ¿A quién pretenden engañar? No creo que el "bonum filii" o interés del menor se haya ponderado en estas sentencias. Y siento enormemente que se castigue a una persona y a su hijo, porque buscan la felicidad al margen de las "moralinas" cristianas y tradicionales.
Deseo mucha suerte a Alexia Pardo y a su hijo, en el nuevo recurso que presentarán ante el Tribunal de Estrasburgo, para que, de una vez, se normalice lo que siempre debió ser normal.
3 comentarios:
Precioso relato, esta sociedad está llena de perjuicios,pero creo que poco a poco, todo se irá destapando porque cada dia hay mas Alexias.Un abrazo me gusta leerte.
He conocido el caso en la televisión. Es maravilloso que te hagas partícipe de ello con esta entrada. Yo también apoyo tu visión.
Un fuerte abrazo
Pues sí, muchas veces -y también en este caso- para defender el interés del niño habría que saber cuál es su voluntad y resolver el asunto conforme a la misma.
Un saludo.
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