martes, 10 de febrero de 2009

LA MUDANZA

Durante unos segundos, esos segundos frontera que separan la oscuridad embaucadora del sueño, de la primera luz que vemos al despertar, no recordé donde estaba ni lo que había ocurrido y sentí auténtica calma.
Pero la luz ajena, que esperaba tras mis párpados cerrados, silenciosa, para amanecer, se expandió por toda la habitación mostrándome la verdad. Sólo su calidez podía reconfortarme en aquella casa desnuda y sucia, en aquella soledad desconocida.

Las cajas de cartón oscuro que dejaron en el salón, parecían haber parido por la noche. No recordaba que hubiera tantas. Y se apilan unas sobre otras hasta convertirse en volcanes de memorias, con sus nombres a punto de derramarse como lava hiriente sobre mí: “Libros”, “Objetos de Decoración”, “Ropa de Verano”, “Recuerdos y Fotos”…

Me vestí con la ropa del día anterior. Intenté peinarme. Me aseguré de cerrar bien la puerta y de llevar conmigo las llaves, y bajé a desayunar.
Algunos bares aún están cerrados. La calle huele a mañana de domingo. Con ese aroma fresco, que hay en las calles estrechas y que casi nadie advierte en las ciudades. No hay demasiada gente. Es muy temprano. Y los murmullos de los hogares que trepan por la pared de los edificios me dan la bienvenida.
“El Tío José” pinta bien. Es un auténtico bar castizo, de miradas indiscretas que te acosan tempranamente, con olor a carajillo y porras, y silencio de vejez. Es uno de esos bares en que todos se preguntan qué estás haciendo ahí, y tú también. El camarero me observa desconfiado mientras me acerco a la barra, como si fuera a pedirle un “pato a la naranja”.
-Buenos días. Un solo y media de aceite, por favor.
Se da la vuelta sin responder, pero comienza a prepararme el desayuno. La máquina de café, aquejada de una bronquitis crónica, comienza a escupir un solo largo y ardiente. Amo ese ruido espantoso que anuncia la llegada del café y el olor del pan quemándose sobre el metal.
- Uno setenta.
No, no ha adivinado lo que mido. Es la manera castiza y dejada de un hombre desilusionado de decir “aquí tiene, señorita. Es un euro con setenta. Muchas gracias”. Y me siento en una mesa con mi tacita y una tostada enorme, que ya no me apetece comer.Tengo ganas de llorar. Las lágrimas asoman temblorosas a mis ojos, mientras remuevo el azúcar en el café, con esa cucharita minúscula que perdió su brillo hace ya años, como nosotros. Y la pierdo de vista, con los ojos empapados. Busco a tientas el tabaco y el encendedor en el bolso. Me enciendo un cigarrillo. Ahora tiemblan también mis manos y te echo de menos.
De nuevo, en la calle, un bolero persigue el arrastre de mis zapatos. Y ahora pesan mucho, para levantar los pies del suelo. Y ahora el asfalto es una mano invisible, que agarra mis pasos y los hace lentos. Pero sigo caminando, casi erguida, y es lo que importa. He llegado a Moratín. Descubro desde abajo una estrecha vía empinada. Y me pregunto quién vive en aquellas casas que crecen junto a la mía. E imagino que, sólo en esa calle, debe haber decenas de personas tratando de construir una vida, como yo. Luchando por un trabajo, por encontrar un lugar e, incluso, por salir de allí.
Subo los cuatro pisos que llevan hasta mi puerta. La barandilla me tiende su brazo, escalón a escalón, para hacerlos más cortitos. Los dibujos tallados en la madera están visiblemente desgastados, y las heridas de la vejez dejan asomar las distintas capas de barniz, que se despegan de su alargada fisonomía. Pero es amable y me ayuda a subir, sin perder aquel encanto de los años en que fue un habitante de lujo en un elegante edificio del centro.
La llave forcejea con la cerradura y se abre la puerta. Es el momento de hacer un hogar.

3 comentarios:

Versus Die dijo...

sin duda saber cómo convertir en belleza lo ajado y triste que nos rodea, pero que nos hace el día a día. Esa barandilla es mi barandilla, ese bar es el debajo de mi casa, esas cajas son mis cajas...

Anónimo dijo...

Bonito relato :)

Respecto a tu comentario en mi blog, quería decir que mi crítica al Gobierno no es una defensa implícita del PP. Me he limitado a criticar al partido gobernante (en este caso, y como diría Landrove, el partido autodenominado "socialista obrero español") por haber hecho una promesa electoral que ya en su momento -y aún no ha pasado un año- resultaba prácticamente imposible de cumplir y, sin embargo, la hizo para ganar votos. La demagogia y el engaño es un instrumento muy usado por los políticos de nuestro país (y al decir "políticos" también incluyo al PP).

Un saludo.

Versus Die dijo...

Eirene, espero que actualices pronto :-)
un beso!