Raquel se marchó demasiado rápido de este mundo. Con sólo 26 años. Uno más de los que yo tengo ahora. Después de luchar durante mucho tiempo contra una enfermedad que contaba sus días hacia atrás, abandonó la vida silenciosa, un día caluroso.
Nunca quiso dar a los demás una lección de heroísmo ni de estilo de vida. Se limitó a pasar por aquí dejando mucho cariño, todas las sonrisas que su cuerpo maltrecho le permitía y un recuerdo imborrable.
Aunque sabía que no lo vería, trabajó con esperanza por el futuro, pero tampoco desperdició ni un solo momento fuera del hospital para salir y divertirse. Un "carpe diem" moderado.
Y aprendí de ella a vivir como si hoy pudiera ser el último día de mi vida, sin perder de vista el horizonte de mañana. Y aprendí a luchar por lo que deseo, sin pantearme cuánto tiene de posible. Aprendí a decir a mis amigos y a mi familia lo mucho que los quiero, porque después puede ser demasiado tarde. Aprendí a disfrutar de las cosas pequeñas, como tener los pies sobre la arena de la playa, y el agua meciéndose a la altura de las rodillas. Aprendí que cada segundo que pasa de mi vida es un regalo maravilloso, una experiencia única e irrepetible. Por eso, no hay que dedicar demasiado tiempo a lamentarse o a preocuparse. Sólo el imprescindible para entender lo que nos ha ocurrido, aprender y poder continuar.
Y me enseñó que una sonrisa, una palabra adecuada, un gesto en el momento oportuno, hace más ruido que los gritos de millones de personas. Mucho más.
Y, por último, ya muerta, me enseñó a recuperar la esperanza que había perdido.
There is one life. Live it.
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